«Mi profesión consiste en estar siempre alerta para encontrar lo divino en la naturaleza; conocer los lugares por los que acostumbra a merodear. Asistir como espectador a todos los oratorios, a todas las óperas salvajes.»
Os mando por aquí este post que he escrito y subido a Substack, voy a mantener esta newsletter para otro tipo de cosas más directas contigo. Por eso, si te interesan mis reflexiones breves, no puedo hacer más que invitarte a acompañarme en Substack.
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Diarios, 7 de septiembre de 1851
Esta tierna frase extraída de los diarios de Thoreau resume, en pocas palabras, una manera entera de situarse en el mundo que con los años he empezado a considerar fundamental en el filósofo. Una forma de habitar la vida que no separa lo que pensamos, lo que sentimos y lo que hacemos. Una manera que entiende que el ejercicio vital del pensamiento, la cultivación del espíritu y el cuerpo, así como la preocupación por aquello importante y su actuar en consecuencia, no son un conjunto de cosas aisladas e inconexas. Éstos, son elementos que sueltospodrían seguir su propio camino, pero que al reunirse se encapsulan posibilitando algo que para mi es sumamente importante: aquello que llamamos experiencia.
Cómo experimentamos el mundo nos conduce irremediablemente a como lo habitamos. Pongo aquí el foco y la atención en uno de los actos fundamentales para generar experiencia, aquello que podríamos nombrar, ante todo, una mirada. La capacidad de ver algo, de sentir la fascinación que se desprende de poder verlo.
Ver algo con una alta densidad de realidad.

Esa experiencia —la de ver algo en su entramado— recuerda a lo que Benjamin llamó constelación, y que Adorno retomó a la hora de pensar cómo se funciona y organiza el pensamiento. La imagen es conocida: mirar el cielo estrellado y ver únicamente puntos dispersos, hasta que de repente, por un instante, aparece la constelación, que ya desde entonces no podemos dejar de ver. Ese momento en el que se experimenta cierta verdad, o más bien la presencia de algo. Ese entramado, fue lo que Lukács de manera parecida llamó una toma de conciencia. Tomar conciencia: alejarse de la inmediatez para alcanzar un punto de vista a través de la reflexión que permita ver una relaciones que antes estaban ocultas (el famoso fetichismo de la mercancía de Marx jjjj)
Si seguimos el hilo, éste nos lleva a la presencia. Y como exige toda filosofía despúes de Kant, tenemos que primero dejar claras las condiciones de posibilidad para que la presencia sea posible. Ésta, requiere de una disposición afectiva —estar abierto a sentir emocional e intelectualmente— y, a la vez, un bagaje de comprensión que nos dé cierta familiaridad con la cosa sin borrar su extrañeza. Vale la pena anotar que la presencia de las cosas aparece siempre en esa curiosa unión, incontestable, de familiaridad y extrañeza; ambas tensadas hasta el límite. Es allí donde se tocan la dicha y la desgracia.
Esa misma tensión entre lo visible y lo invisible, entre lo familiar y lo extraño, la encontré leyendo un breve libro de Christa Wolf, August. Un relato sobrio y elegante que se hace cargo del silencio con un tacto propio de la gran literatura. Allí se narra la historia —o más bien la memoria— de un niño huérfano de la Primera Guerra Mundial y su vivencia en un hospital para tísicos. Quisiera dejar por escrito que es un libro que me dejó mi àvia (gràcies).
En él hay un instante en el que el niño, de ocho años, contempla la tristeza de una adulta de la que está “enamorado”. Ella lo mira, asiente, y el narrador recuerda: “esa fue la vez que más juntos estuvimos”. A partir de ahí comprende que en la alegría y en la tristeza se abre un espacio de presencia ante los demás. Anotar, eso sí, decir que esta se abra no implica necesariamente que podamos entrar.

Si regreso ahora a Thoreau, después del mirar y la presencia, me gustaría destacar la que creo, me parece su mayor enseñanza —y también la más actual—que no es tanto una relación santificada con la naturaleza como se suele creer, sino más bien mostrar cómo una inteligencia cultivada (entendida en un sentido amplio) es, ante todo, una capacidad de ver-mirar-sentir-escuchar-entender-pasear emocional e intelectualmente. De estar alerta y abierto a la experiencia de una belleza, de un sentido, o incluso de un horror.
Ese es, quizá, el primer atrevimiento en una vida cultivada: entrenar la mirada. Aprender a ver más allá del mero yo, cultivar la mediación con el mundo a través de la destreza y el saber.


